Una insípida mañana,
sentado en una piedra,
mirando las aguas cristalinas,
de un arroyo, llego a mi vida,
el canto más sublime,
del cual yo me enamore,
el arroyo quiso ser bruma,
pero mis ojos vivos,
derritieron la niebla,
y a través de las piedras,
mis manos agite torpes.
de tu boca salía,
las ganas de amar,
de tus brazos los arrullos de amor,
de tus ojos esmeraldas y rubíes,
lo insípido se volvió,
alegría, prados verdes,
piedras que formaban puentes,
tu blanca túnica se ajustaba a tu cuerpo,
y de tus labios se embriaga el aire,
de azucenas.
El arroyo ya no fue arroyo,
se convirtió en agua bendita,
y bendijo el amor.
JUAN CARLOS VILLANUEVA
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